martes, septiembre 28, 2021

Las mujeres de Villaviciosa, premiadas en literatura, deporte y dibujo

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Este jueves 10 de marzo, la concejala de Mujer Mª Ángeles Méndez Díaz y la concejala de Juventud y Deportes, Nuria Merino Yusta, hicieron entrega de los premios a los vecinos ganadores de los concursos programados con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer. Los galardones se entregaron en el Coliseo de la Cultura y fueron los correspondientes al I Concurso de Cartel dedicado Día Internacional de la Mujer, al VIII Concurso de Relato Corto y al I Torneo de Dobles de Tenis Mixto.

Ganadoras del I Concurso de Cartel dedicado Día Internacional de la Mujer 2016 “Por la igualdad”

Alba López Siles y Lucía Medrano Sánchez

I Torneo de Dobles de Tenis Mixto

Campeones: José Gabriel Moreno y Mar Muñoz a los que se les hizo entrega de sus copas conmemorativas.

Subcampeones: Ángel Carrasco y Lucía Bravo.

Semifinalistas: Alberto Esteban y Beatriz Escurin, y Samuel Lobato y Verónica Noval.

Tras la entrega de premios a los vecinos mencionados, se disfrutó del espectáculo “Flamenco, tango y poesía” con Miguel Menassa, Virginia Valdominos, al baile flamenco y Antonio Amaya a la guitarra flamenca.

VIII Concurso de Relato Corto 2016 “Por la igualdad”

Primer premio: Carmen Siles Soldado por el relato “El Cosquilleo”.

Finalista: Mª del Rosario Gutiérrez con su relato “Volver”.

El resto de participantes fueron Susana Álvarez Iglesias con “Parada del Pensamiento”, Marta García Aguilera con su relato “Frente al Espejo”, Sara Sánchez García con “La Reunión de las Mujeres Extraordinarias”, Mª Dolores Martínez Martínez que escribió “Zurciendo jirones a la esperanza” y Joaquín Varo Zuera autor de “Me llamo Carmen”.

El Cosquilleo, por Carmen Siles

Recluida en la buhardilla de mi vieja casa de campo, escuchando de fondo un disco de la dulce Rita Pavone, sé que por fin, tengo todo el tiempo por delante para acabar la novela de aventuras que con tanta ilusión comencé hace treinta años y que duerme en folios amarillentos sobre una estantería de madera carcomida.

Me da pena pensar que durante un tiempo tuve energía para escribir pero no la capacidad de hilvanar las intrigas, de esculpir a los personajes, de rematar una historia que hacía aguas como las de mi propia vida, escabulléndose de mis manos como cataratas entre los muros de mis obligaciones y las compuertas de mi ignorancia.

Con los dedos torcidos y los recuerdos escondiéndose en el cajón de sastre de mi memoria, intento encontrar el valor para convencerme de que este es un buen plan, mejor que pasar las mañanas al sol y las tardes en el centro de mayores jugando al parchís. Ahora ya no hay nadie que me espere, no queda nadie a quien cuidar. Estoy sola y debo empezar a quererme.

El primer folio tiene mucho polvo. Polvo acumulado de treinta cenas de Navidad, treinta veranos en la playa y muchos comienzos de curso con sus preparativos de mochilas, cuadernos nuevos y bolígrafos a estrenar. Décadas en las que he sido una madre abnegada, una esposa sacrificada, una mujer que ha antepuesto las necesidades de los demás a las mías propias.

Años en los que he cumplido el papel que mi madre me enseñó, mi padre me inculcó y mi entorno me exigió y que yo he defendido en ocasiones con voluntario acatamiento, otras con auténtica resignación pero siempre con cariño y amor incondicional.

Y todo por ellos, mi marido y mis hijos. Por su felicidad, por sus planes, por sus propios relatos de vida.

Y cuando ya he salido en los títulos de crédito y en los agradecimientos de los libros de los demás, siento que escribir el mío propio me liberará del papel de madre, esposa y presidenta de la asociación de padres y madres de alumnos, y me reconciliará con la escritora que quiso escribir para conquistar el mundo, cambiar ideas y crear fantásticas historias leídas por millones de lectores.

Ahora mis pretensiones se amoldan a la edad que tengo, y mi futuro inmediato unirá citas médicas con largas siestas frente a mi viejo televisor y, a ratos, subiré a esta buhardilla a enredar con las palabras, tratando de terminar el gran puzzle literario.

Comienzo a leer recordando que mi protagonista se llama Wallace y que sus ingenuas ideas para afrontar su destino están a años luz de las mías, tan conservadoras como canosas. Pero yo ya no se pensar de otra manera, porque he cambiado hasta hacerme vieja y si Wallace pretende saltar seguro que querré ponerle arnés para evitar que se haga daño al caer.

Intentará, eso sí, convencerme para iniciar una peligrosísima expedición a la selva. Hace tres décadas lo dejé en el campamento base preparando el viaje mientras comenzaba un tórrido romance con una joven brasileña. Los dos siguen igual de bellos e inconscientes del peligro que les espera, y yo considero infundadas las razones que les llevan a buscar el tesoro de Tanaan. ¡Pero si tal tesoro no existe! ¡Ni tampoco existe el amor a primera vista que salga bien después de la primera vista!

Sufrirán innecesariamente y fracasarán. Se expondrán a las picaduras de serpientes, a salvajes indígenas que querrán agujerearles con dardos venenosos y a piedras gigantescas que intentarán aplastarlos en su rodar colina abajo. Y desearán estar unidos en la adversidad sólo durante la primera jornada del viaje. Después, irremediablemente, comenzarán los reproches y el cansancio hará mella en su frágil relación.

Me estoy poniendo muy nerviosa. Mejor me salgo a buscar un banco soleado en el parque.

Lewis Carroll escribió “Alicia en el país de las maravillas” con treinta y tantos  y por eso le salió una historia tan loca. Sólo la juventud es capaz de alimentar la creatividad, de impulsar la imaginación, de hacer que una mujer haga malabares con tres hijos en una tarde de extraescolares. Y a mí la juventud se me fue hace mucho.

Pero ahora que lo pienso, Cervantes tenía cincuenta y ocho  cuando enloqueció al Quijote y todo pareció una magistral gamberrada juvenil.

Quiero seguir pero he sido ama de casa tanto tiempo que mi imaginación sólo da para elegir el menú diario y el estampado de unas nuevas cortinas. No tengo soltura, no me fluye la inspiración, no se arriesgar. Ya no sé escribir.

Ojeo de nuevo mi inacabado manuscrito y mi joven y apuesto aventurero se asoma entre las líneas escritas con mi antigua Olivetti reclamando la atención que le he negado durante tanto tiempo, engatusándome con sus ojos azules y su pelo revuelto, que le cae sobre una tersa frente perlada con gotitas de sudor, y ataviado con esa indumentaria tan sexy como práctica que usan todos los exploradores. A lo Indiana Jones. Sé que ya están preparados los bultos, las brújulas, las linternas y cantimploras para comenzar el viaje y hasta unos cuantos miembros de una tribu aliada que nos abrirán paso a través de la espesa vegetación y yo, sin que nadie se dé cuenta, meteré en el botiquín unos analgésicos y antihistamínicos por lo que pueda pasar.

Hace un año, mi marido, muy enfermo ya, me dijo que veía en mis ojos un poso de frustración y que a través de mis pupilas se transparentaba un alma encadenada al rol de mujer que me había tocado en el sorteo de la vida. Que deseaba dejar de ser el impedimento a mi realización como escritora. Entonces, agarrándome la mano con la suavidad con la que a él se le iba la fuerza de las suyas, me hizo prometer que volvería a escribir y que el primer ejemplar de mi novela se lo dedicaría a todas las mujeres que con desmedida generosidad habían sacrificado sus sueños por la felicidad de los demás.

Llevo esperando este gran momento tanto tiempo que supongo que debo afrontarlo  de la única manera que he aprendido: como si fuera un parto. Miedo, espera, ilusión y a empujar. ¡Venga, respira hondo! ¡De nuevo! ¡Otra vez!

Me dejaré llevar por la energía de Wallace y su affaire brasileño. Estoy dispuesta a que encuentren su gran tesoro y se besen con amor verdadero en la última página de la novela. Les acompañaré en esta gran aventura en la que yo también quiero alistarme.

Y, ahora después de treinta años, creo que estoy notando de nuevo el cosquilleo que se siente frente a un folio en blanco. Deseadme suerte.

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