«Novelas», por Diego Ferriz

Ha muerto Günter Grass, renombrado autor alemán que escribió El tambor de hojalata. En su juventud, el señor Grass militó en las SS, como tantos otros jóvenes reclutados a última hora por el desesperado Hitler para ganar la guerra y poder así rematar su delirante misión: exterminar a los judíos y otras razas distintas de la suya. Yo le perdonaría al señor Grass su pasado, como se lo perdono al buen Papa Ratzinger, pues ninguno de ambos es culpable de nacer donde nació. Su trayectoria vital les exime de toda culpa y únicamente les involucra en la desgracia global de un pueblo noble y engañado por una caterva de ladrones y asesinos.

Me costó leer El tambor de hojalata: lo intenté en tres ocasiones, y las dos primeras abandoné pronto la lectura fatigado por su estilo y sus circunloquios. Cuando al fin conseguí leerlo, hace pocos años, acabé disfrutando de su argumento y su intensidad, su profundidad histórica y su originalidad. Una peripecia trágica, marcada por un sutil humor irónico, de un pequeño gran hombre peculiar y genial en la Alemania nazi.

Se lo recomiendo a todo el mundo, como también recomendaría, a quien no lo haya leído, el libro más obvio: A finales de los 80, yo era ya un adolescente pero aún muy niño y recuerdo que, cuando volvía a casa en el autobús del colegio, miraba al descampado y veía rebaños de ovejas que, de pronto, mi imaginación estimulada por la aventura de don Quijote convertía en caballeros. Luego me sentaba en el sofá del salón y leía quince o veinte minutos hasta que me quedaba dormido. Mi profesor de literatura nos preguntó uno a uno si habíamos conseguido leerlo entero. Yo le dije la verdad, que lo había leído de cabo a rabo, pero creo que él no terminó de creerme.

Tal como lo recuerdo, destacaría su extraordinario sentido del humor, que me proporcionaba un placer sublime, y la maestría expresiva de Cervantes, insuperable y creadora de un vívido universo que, tantos siglos después, sigue reflejando una entrañable complejidad humana y elevando la literatura a la categoría de arte indeleble. Esta grandiosa novela despertó en mí el deseo de escribir y condicionó, para bien o para mal, mis siguientes pasos, a menudo torpes, por la senda de la vida.

Muchos años más tarde, andaba yo escribiendo mi primera novela cuando cayó en mis manos Tirano Banderas. Ya llevaba escritas muchas páginas y entre tanto leía a grandes maestros, pues tenía la certidumbre de que me proveerían de palabras interesantes y me enseñarían lo que aún no sabía. Sin embargo, la lectura de esta fascinante novela acerca de un país y un dictador imaginarios me influyó tanto que acabé, sin darme cuenta, imitando su expresión, el modo en que Valle Inclán construía sus bellísimos y agudos párrafos, la manera de disponer las palabras en una frase. Y si no imité sus diálogos, fue porque el autor ponía en boca de sus personajes un lenguaje tan personal y diverso que a simple vista no estaba a mi alcance. Como resultado, pude salvar algunos fragmentos aceptables y hube de reescribir varios capítulos, urgido a arreglar lo que podía considerarse una ambiciosa chapuza.

Después leí el Ulises de Joyce y me extravié en ese Dublín críptico hasta enloquecer literariamente. Abandoné mi novela y no la retomé hasta algunos años después, cuando el maestro Naguib Mahfuz me enseñó a escribir con humildad y naturalidad; superados los inconvenientes de admirar demasiado a Dostoyevski, Valle Inclán y Joyce, pude al fin encontrar un modo de narrar inteligible y, armado de paciencia y tenacidad, terminar mi primera novela. Hace escasas semanas he suprimido del manuscrito original muchos adjetivos y adverbios para aligerarla y mejorarla. Por si se presenta la oportunidad y hay una segunda edición.

No pasaría mucho tiempo hasta que me viese embarcado en mi segunda novela. Elaborado el guión previo y dejándome aconsejar, me encontré en la necesidad de añadir algún giro adicional que le diese un sentido dramático y avivase el interés de la historia. Fue entonces cuando, tras acordarme de García Márquez, decidí que el protagonista debía morir asesinado. Leyendo la magna obra del colombiano, yo me había descubierto en cada ocasión ante su innata capacidad literaria, esa facilidad asombrosa de alternar diferentes estilos en sus mejores novelas. Pero a la hora de decidir el trágico final de mi personaje, me había retrotraído a Crónica de una muerte anunciada, una joya superlativa de la literatura cuya lectura me había conmocionado.

Mi razonamiento fue el siguiente: si el más influyente escritor latinoamericano del siglo XX narró una historia en la que se sabe que alguien va a morir, y consiguió dotarla de emociones que no se ven afectadas por lo visible del desenlace, yo podría hacer lo mismo. Así pues, presenté el cadáver del protagonista en el primer capítulo, de manera que el lector conociese su destino, leyese el libro sabiendo de su muerte y, tal vez, obtuviese un rédito similar al que yo encontré en esa vertiginosa novela. No sé si lo conseguí, pero creo que fue un acierto dejarme guiar por un autor como él.

Ahora me dedico a escribir artículos, lo cual constituye todo un honor y una suerte. En cuanto a mi tercera novela, he escrito y descartado algunas historias que tal vez hubiesen supuesto un paso en falso. De momento no se me ocurre nada, pero espero que pronto me ilumine una idea y pueda escribir otra vez un libro. Publicarlo será muy difícil, pero leer a los mejores autores, así como aprender y aplicar sus enseñanzas si a uno le gusta escribir, es una actividad saludable y gratuita.

Foto: telegraph.uk.