jueves, marzo 4, 2021

«Sin ti no soy nada», por Silvia San Juan

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«Mi mundo es pequeño y mi corazón pedacitos de hielo. Mi alma, mi cuerpo, mi voz no sirven de nada… porque yo sin ti no soy nada».

Amaral

Lucía en un primer momento tembló, más tarde no sintió nada. La puñalada había sido certera, no falló. Tenía delante a Juan y había que reconocer que lo estaba haciendo bien. Eligió un buen momento, sentados, hablándole con tranquilidad y explicándole sus razones, le estaba despidiendo de su vida. Tiernamente cogía sus manos, incluso le ayudaba a limpiar su lágrimas. Su aturdida mente voló a todas esas veces en que muchas amigas se habían quejado de la forma en que no las habían dicho adiós. Whatsapp o mensajes que se quedan en el aire sin responder, cafés para hablar que se quedan fríos porque nunca llegan, mil maneras de irse sin dar la cara, de espaldas, como los cobardes. Y pensó que hasta para despedirse hay que tener estilo y su Juanito, su media mitad desde la universidad, su todo, acertó con las palabras, como siempre.

“Lucía, sabes que te quiero mucho, eres muy importante para mi, pero desde hace muchos  meses eres sólo para mí una amiga, una compañera y tú no te mereces esto… además yo también necesito hacer cosas nuevas… cosas nuevas sin ti”.

SIN TI. Ya no habrá nosotros, ya no hay yo, lo poco que queda de mi se va con él detrás de esta decisión.

Más tarde fue como el deshielo, capa por capa el hielo del descrédito fue cayendo y dejó paso a un zombi andante. Llevaba la tristeza encima como quien lleva un abrigo pesado y viejo pero del que no quieres desprenderte, como un luto autoimpuesto que solo tú pones de moda esta temporada y quizás la siguiente y la siguiente. Todos los días sacaba a la calle a pasear su tristeza como quien saca a un perro. Un lunes la llevó en metro al dentista, el fin de semana la dejaba conducir su coche por ella, y siempre en línea recta, como su vida, hacía ninguna parte.

Los viernes por la tarde la ciudad estaba llena de gente que se reencontraba tras la semana, los bares estaban llenos. Cuando llovía deseaba que esa lluvia se colara dentro de ella y le limpiara por dentro, que borrara ese dolor. Quería abrir la puerta de la ciudad y salir corriendo, escapar. Pero en dirección contraria al Juan de ahora, al Juan con su vida nueva sin ella, y se daba de bruces con la inutilidad de pensar en la posibilidad remota de que todo haya sido un mal sueño y estuviera todo como antes. Sé que estoy huyendo, se decía. Huyendo de mí, y que no sirve de nada. Irremediablemente me llevo conmigo.

Una de estas tardes fue la tarde en que llamó Elena. Su siempre incondicional Elena, la única que permanecía del grupo de amigas al que poco a poco fue abandonando por Juan. Siempre todo por Juan. Quedándose con poco de ella por todo lo de Juan. Y como otras veces pareciera que oliera su pena y se adelantaba a llamarla, como esas historias de hermanas gemelas que sienten el dolor de la otra a miles de kilómetros de distancia.

“Soy como un pueblo asolado por la lava… no ha quedado nada con vida”, le decía Lucía. “Date tiempo”, le repetía Elena casi como un mantra, “debajo de la tierra hay vida, ya verás cómo crecen flores hasta en el infierno”.

Recordaron juntas cuando Elena le decía: “cuando todo tu universo es sólo una persona, ¿qué te queda si se va? Piénsalo, tarde o temprano se irá, aunque llegarais a viejitos uno de los dos se irá, ¿y qué harás? ¿Irte detrás como estás haciendo ahora o después del disgusto tirar p’alante y seguir disfrutando del universo que tenías sin él? Qué sano es tener diversas parcelitas, no sólo porque las que tú tienes sola enriquecen la que compartes con una pareja, si no porque si esta desaparece te quedan las otras. ¡¡¡Cuánto daño ha hecho el príncipe azul de los… cuentos!!! Si es que habría que descongelar a Walt Disney y decirle dos cositas”.

En poco menos de dos semanas Juan volvió a casa a por sus cosas, con las que Lucía a veces hablaba, se ponía su ropa y exprimía su ausencia hasta el límite, dando vueltas y vueltas a los recuerdos como un hámster en su rueda. Sabía que estaba perdiendo la cabeza, pero eso le hacía tocar fondo, bajar hasta el infierno más profundo, agotarse y acabar por fin durmiendo, al menos esa noche, del tirón. Y fue tan extraño que no abriera con sus llaves, escuchar el timbre y abrirle la puerta de la que seguía siendo, sobre todo para ella, su casa. La casa sobre la que ahora había que decidir qué hacer. Y se lo esperaba, que Juan no sólo viniera a por lo que se dejó el día de su educado adiós. Quería hacer las cosas bien, evitar la guerra entre ellos y le habló de la posibilidad de ir los dos a mediación, como hizo su hermano cuando se separó y tuvieron que decidir cómo se organizaban con los niños y qué hacían con todo lo que tenían a medias. Como ellos, ellos que nunca pensaron que les iba a pasar, y les pasó.

Le pidió unos días para pensar, para comentarlo con los suyos, pero pronto la jaula de grillos de las opiniones ajenas le acabó por aturdir. Su madre fue la primera en empuñar el hacha de guerra, “lo sabía, siempre supe que dejarle tanta libertad te iba a pasar factura, ahora se irá con una de 30, ¿dónde vas a ir ahora? Si por lo menos hubierais tenido un hijo. Y ahora el muy jeta te dirá de vender la casa y cada uno por su lado. De eso nada, la casa te la quedas tú. Eso si no tiene ya otra y la quiere meter allí”.

Sabía que las opiniones de los demás la guiaban, era como una marioneta. Pero esta vez iba a dejarse ayudar por la más conciliadora, y esta era, como siempre, la de Elena: “os vendrá bien hablar con un profesional, con alguien que no os conoce, que no os va a prejuzgar. Por intentarlo no pierdes nada”. Y temblando, como todo empezó, cogió el teléfono y marcó… “Hola Juan, soy yo… Lucia. ¿Cuando quieres que vayamos a eso de la mediación?”.

Continuará…

– Hoy os sugiero la comedia dramática argentina, ‘No Sos Vos, Soy Yo’. Cómo el dolor por una ruptura sentimental nos convierte, a veces, en caricaturas de nosotros mismos. De la necesidad de dar carpetazo al dolor y buscar la salida. Y de lo bueno que nos espera al final.

– Buena noticia de la semana: La Fundación Acavall, “Terapia, Educación y Ocio asistidos con animales” cuyo lema es “Personas y animales juntos para hacer sonreír al mundo” con el apoyo de la Concejalía de Bienestar Social y la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Valencia, llevará a cabo 104 talleres gratuitos para acercar a los niños con y sin discapacidad a la lectura. Para este bonito proyecto cuentan con la ayuda de los perros de terapia de la Fundación que actuarán como animadores a la lectura. Pincha aquí para leer la noticia completa.

Foto: guioteca.com

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