viernes, junio 18, 2021

«Tragedia en Los Alpes», por Diego Ferriz

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Conmoción mundial tras la caída del avión de German Wings en las montañas de los Alpes. Ciento cincuenta personas a bordo, todas fallecidas. Se trabaja en la recuperación de los cadáveres y las cajas negras ya han aclarado lo que en principio era un misterio: ¿Por qué se estrelló el avión? Las autoridades de España, Francia y Alemania han visitado el lugar del siniestro y en todo el planeta se ha homenajeado en silencio a los inocentes desaparecidos.

Yo, que a veces soy suspicaz, me pregunté al conocer la noticia si no se trataría de  otro atentado que tal vez nuestros gobiernos, obedeciendo a intereses supranacionales, procuraban ocultar. Pero no. Se habló de un posible fallo técnico del avión, aunque la aeronave había superado todos los controles reglamentarios y se encontraba en perfecto estado. ¿Alguna responsabilidad achacable a la aerolínea por tratarse de una compañía low cost? Pues tampoco; en realidad, la tragedia demostró que el Airbus contaba con las medidas de seguridad adecuadas para impedir que un comando terrorista se hiciese con los mandos del avión. El problema en este caso consiste en la imprevisibilidad de la amenaza que tristemente se consumó.

Según los medios alemanes, Andreas Lubitz había revelado que algún día cambiaría el sistema y cobraría fama mundial. Esta indiscreción es significativa, pues nos permite advertir su hipertrófico y malvado orgullo; narcisista y ambicioso, Lubitz concibió en secreto el crimen que le haría popular y consiguió su objetivo: es el titular del momento, un individuo perverso que en su autógrafo postrero se ha llevado por delante a otras ciento cuarenta y nueve personas, convirtiéndose en todo un asesino múltiple. Leo que su padre está hundido, pero espero que el buen hombre se sobreponga, porque no es en absoluto culpable de la matanza perpetrada por su hijo.

El avión, como decía antes, contaba con los sistemas de seguridad implantados en la aviación comercial desde los fatídicos sucesos del once de septiembre en América. Ahora, me imagino, habrá que dar un paso más en previsión de actos similares, así que, una vez solucionada la seguridad de los aviones comerciales –la puerta blindada funcionó a la perfección-, habrá que asegurar la integridad de los tripulantes: no sólo impedir que una sola persona permanezca en la cabina, sino chequear exhaustiva y periódicamente la salud física y mental de todo el personal de la aerolínea; de los pilotos, copilotos, azafatas, controladores, asistentes aeroportuarios, etc. Porque una persona que no esté en sus cabales puede sabotear un vuelo y provocar una catástrofe como ésta desde cualquier puesto de trabajo asociado al tráfico aéreo.

Un tanto extraño resulta que el extravío de Lubitz no se detectara a tiempo o, mejor dicho, que los servicios médicos certificaran su depresión y le dieran la baja pero, a consecuencia de que él la encubriera, la aerolínea no le reemplazase. Ahí, en esa aparente descoordinación, hemos perdido 149 almas, que en paz descansen. Aun así, yo no responsabilizaría a German Wings, pero sí revisaría, como se hará en todo el mundo a partir de ahora, las medidas de control de la salud que han de impedir que un caso como éste se repita. De todas maneras, aún no contamos con demasiada información, así que las investigaciones, me figuro, acabarán por esclarecer totalmente los hechos. A día de hoy, yo exculparía a todos los implicados excepto a Lubitz, que en su demencia asesina premeditó un crimen espantoso, aunque quizá me equivoque y alguien termine asumiendo responsabilidades subsidiarias.

Me llama la atención, centrándome ahora en el causante del siniestro, las veces que se repite la palabra suicidio al comentarse este luctuoso suceso. Porque, desde mi punto de vista, no debería hablarse tanto de su decisión de quitarse la vida como de su voluntad aniquiladora; yo, más que un suicida, consideraría a Lubitz por encima de todo un asesino, un criminal trastornado y megalómano.

Estaba profundamente deprimido, se le había diagnosticado un desprendimiento de retina que ponía en serio peligro su carrera, seguía desde hace años un tratamiento debido a sus tendencias suicidas… Estaba gravemente enfermo, pues; parece evidente que se trataba de una patología mental, alguna clase de trastorno irrefrenable que le empujó a matar sin que le temblara el pulso a ciento cuarenta y nueve seres inocentes. No sé si Lubitz era lo bastante obediente como para tomar su medicación o también destruía las recetas, oponiéndose al dictamen psiquiátrico.

Pero, por encima de su locura insondable, de esa depresión que seguramente le enemistó con su vida y la de los demás, no deberíamos caer en el error de considerarle una víctima de su enfermedad, porque Lubitz despreció la opción de sanar y en cambio llevó a cabo un plan diabólico de exterminio en masa: ¡149 personas! Del mismo modo que otros asesinos en serie, otros psicópatas mentalmente trastornados, el copiloto mató a muchísimas personas pero no poco a poco, sino de un solo golpe. Con lo que, en mi opinión, debería ser considerado esencialmente un asesino y no un suicida; un elemento inmoral, dominado por su perturbación, que no luchó lo bastante para encontrar la senda de la cordura perdida, sino que se rindió al mal que engendraba su mente y sucumbió a la tentación de alcanzar la celebridad, despreciando el más elemental respeto a la vida de sus semejantes.

Mi más sentido pésame a las familias de los fallecidos, mi solidaridad para con la aerolínea German Wings y mis mejores deseos de ánimo a todas las personas de buena voluntad que, repentinamente, se han visto implicadas en esta siniestra historia, como ese buen padre afligido, ¿torturado por los remordimientos?, avergonzado y marcado por la crueldad del destino.

Foto: El País.com

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