lunes, octubre 25, 2021

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Recordamos de la mano de Francisco Roldán Santías una nueva «Historia de nuestro pueblo». Esta vez el protagonista es Plácido, uno de los peluqueros de la Villaviciosa de hace veintitantos años. ¿Le recuerdas? ¿Le conociste?

 

Plácido

Fue a mediados de los ochenta, cuando Villaviciosa todavía era para algunos lugar de veraneo y aún se distinguía entre “los del pueblo” y “los colonos”.

Bajo el sol justiciero de julio, cuatro chavales caminábamos con paso firme por la calle Carretas ataviados con bañadores estampados, camisetas de los Ramones y zapatillas de esparto.

Pasamos por delante de La Marquesina, Eiffel, la relojería y la carnicería de Corona para finalmente detenernos donde Plácido, el peluquero del pueblo a ese lado de la carretera. Al otro lado, en “los bloques”, estaba Colino, su sobrino, su “eterno rival”.

Aunque eran las seis de la tarde de un día laborable, encontramos el establecimiento abierto y vacío, lo cual no era raro en aquella peluquería. Cruzamos la Plaza del Mercado, nos asomamos a la puerta de Gonzalo, situado enfrente, e hicimos una seña a Plácido, quien como cada tarde apuraba su chato de vino en aquel bar.

-Déjamelo ahí, que ahora vuelvo- le dijo al camarero señalando el vaso aún medio lleno.

Acompañados por Plácido, volvimos a cruzar la plaza y entramos en la peluquería, cuyo interior estaba, como siempre, limpio y ordenado: aquel tubo de espuma Lea, aquella brocha junto a la gran navaja de afeitar que ya en aquel tiempo empezaba a caer en desuso por la pujanza de las maquinillas eléctricas y las modernas cuchillas Gillete, aquella loción Varon Dandy para después del rasurado, aquel lustroso sillón regulable de escay granate, el enorme espejo, su foto de cazador con su perrilla “la Guarri”* exhibiendo una perdiz recién cazada, y su canario –o jilguero, no recuerdo bien- en la jaulita que colgaba del techo en la esquina del fondo a la derecha.

Todos menos nuestro amigo Jaime nos sentamos apretados en las sillas del fondo y cogimos las revistas que tenía Plácido para amenizar la espera de clientes y acompañantes. Como siempre, hubo tortas por el manido ejemplar de la edición especial que lanzó Interviú en conmemoración de su décimo aniversario, cuyas atrevidas fotos de unas entonces esplendorosas Mari Sol, Susana Estrada y, por qué no, Marujita Díaz, empezaban ya a decolorarse por el incesante hojeo que sufrían a diario mientras el sabio peluquero realizaba sus cortes.

-A ver, ¿a quién tengo que arreglar, a ti?

-Sí- le dijo Jaime sentándose en el cómodo sillón.

-¿Y qué lo quieres, como siempre?

-No, quiero que me lo cortes al uno –contestó Jaime.

Aquella petición, insustancial en la época actual, en que cabezas rapadas al cero, crestas, pelos de colores, tupés, coletas, piercings, tatus y demás extravagancias están en el orden del día de cualquier centro de belleza, dejó entonces a Plácido, defensor a ultranza del corte clásico, visiblemente descolocado: era aún el tiempo de los flequillos y el tazón, y lo más atrevido que se había visto hasta entonces en el pueblo era una espectacular permanente que se había hecho en Móstoles una valiente joven que desde entonces pasó a ser conocida como “la Repollo”.

El peluquero comenzó a moverse nervioso de un lado a otro de la peluquería y trató de disuadir al joven con todos los argumentos que pudo ir improvisando. Le hizo ver que la pelusa de los quintos que pasaban por sus manos antes de irse a hacer la mili era una espesa melena al lado de lo que a él le iba a quedar sobre el cráneo si le hacía el corte solicitado; cogió mi antebrazo, poblado con cuatro pelillos rubios de escasos milímetros de longitud, y le hizo saber que durante varios meses su cabeza no tendría más vello que aquel tierno miembro; le dijo que su opción no sería bien vista en el vecindario, que provocaría risas, burlas e incomprensión…Y finalmente, ante la inutilidad de sus intentos, le planteó sus dudas sobre la viabilidad de la operación al no constarle que sus padres hubieran autorizado expresamente una decisión tan trascendental.

-Voy un momento a Gonzalo a terminarme el chato y vengo –nos dijo finalmente para ganar tiempo mientras trataba de tomar la decisión acertada. Regresó minutos después algo más sosegado gracias al efecto tranquilizante del caldo y, tras hacer una última advertencia al chaval sobre los efectos definitivos del encargo que se disponía a ejecutar, cogió la tijera y comenzó a rapar el cabello de aquel osado.

Según iba avanzando el arma por la cabeza de Jaime, Plácido fue asumiendo que aquello era irreversible y la tensión fue dando paso a la normalidad, la calma y el ambiente de relajada tertulia que solía reinar en su establecimiento. Aunque con algo de retraso respecto a lo que solía ser habitual, llegaron por fin las anécdotas sobre el pueblo y sus personajes más célebres y, cómo no, sus andanzas de cazador en compañía de “la Guarri”. Una vez más, al peluquero le salió la vena sentimental y volvió a relatarnos con lágrimas en los ojos cómo aquel animal le había salvado la vida en una cacería de tórtolas, cuando sufrió un desvanecimiento y  la buena de “la Guarri” lamió su cara incansablemente durante horas hasta que el frescor y el poder curativo de su saliva reanimaron y sacaron de su inconsciencia al bravo cazador.

Finalizada la faena, el hombre movió un espejo manual por detrás de Jaime para que comprobase el demoledor resultado de su trabajo y le sacudió el abundante pelo que le había caído sobre la capa, que le desató y quitó. A continuación, tras cobrarle lo estipulado, le ayudó a bajarse del sillón y nos acompañó a la puerta. Se despidió con la frase que tenía reservada para sus clientes más jóvenes y que tanto nos gustaba oír:

-Ale, hasta luego, macho, y no te olvides: si te sale novia, a medias.

Hoy hay en Villaviciosa no menos de diez peluquerías, casi todas ellas unisex, en las que competentes profesionales que se hacen llamar estilistas lavan, marcan, secan, cortan, moldean, tiñen y diseñan los más variopintos cortes y peinados con aparente naturalidad e incuestionable eficacia. Pero algunos echamos de menos aquella época en que cortarse el pelo era simplemente una excusa para pasar una agradable tarde en compañía de Plácido.

Francisco Roldán Santías.

 

* Nota del autor:
Espero sepan disculparme los descendientes del can al que se alude en esta historia si yerro en el nombre, pues no tengo la certeza, sino tan sólo el vago recuerdo, de que así se llamara realmente aquella pequeña perra a quien sólo conocimos de oídas y a través de las instantáneas que decoraban las paredes del establecimiento.
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